martes, 30 de octubre de 2012

Goddard, los cohetes, Hitler y Baumgartner

Felix Baumgartner preparándose para el salto


"En las décadas de 1920 y 1930, Robert Goddard, el fundador de los cohetes modernos, fue blanco de duras críticas por parte de quienes pensaban que los cohetes nunca podrían llegar al espacio exterior. Sarcásticamente llamaron a su idea la «locura de Goddard». En 1921 los editores de The New York Times arremetieron contra el trabajo del doctor Goddard: «El profesor Goddard no conoce la relación entre acción y reacción ni la necesidad de tener algo mejor que un vacío contra el que reaccionar. Parece carecer de los conocimientos básicos que se transmiten cada día en los institutos de enseñanza media». Los cohetes eran imposibles, clamaban los editores, porque en el espacio exterior no había aire en el que apoyarse. Lamentablemente, hubo un jefe de Estado que sí entendió las implicaciones de los cohetes «imposibles» de Goddard: era Adolf Hitler. Durante la Segunda Guerra Mundial, el bombardeo alemán con cohetes V-2 increíblemente desarrollados sembró muerte y destrucción en Londres, que estuvo cerca de la rendición."

Michio Kaku. Física de lo imposible. Pág. 9

domingo, 28 de octubre de 2012

El garrote y la máscara



"El maestro solía decir: Nosotros, los que nos aceptamos como mestizos, somos los únicos que podemos y debemos ser creadores. Nos toca crear lo nuevo nuestro -ser nosotros mismos en plenitud- a partir de nuestra herencia heterogénea y contradictoria, subir por encima de nosotros mismos sin suprimir nada de lo recibido pero elevándolo a la gloria del arte verdadero. 


En Carora un hombre salía a la calle en guayuco, con arco y flechas, y plumas en la cabeza: se presentaba como indio. La gente lo llamaba indio a juro. Hay indios a juro, africanos a juro; pero sobre todo europeos a juro, se sienten franceses, ingleses, españoles, alemanes. Reprimen y ocultan su lado africano y su lado aborigen y otros laditos. Hay yanquis a juro, hindúes a juro, japoneses a juro, chinos a juro. Son tan ridículos como el indio a juro de Carora, pero no se dan cuenta porque se reúnen con sus congéneres y negocian formas sutiles de esclavitud con sus modelos extranjeros.


Señor, de dónde es usted / perdóneme la imprudencia / es usted de la Palencia / o es paisano, o japonés / para mí yo calculé / que usted era de la China / porque su tipo declina / natural del Himalaya / por el pelo, raza extraña / de la isla Filipina / Señor, de dónde es usted."


José Manuel Briceño Guerrero (Jonuel Brigue).  El garrote y la máscara.  Pág.19

martes, 23 de octubre de 2012

Un torrente fuego




"Un torrente de fuego dentro de mí, pero no mío porque no me obedece ni yo lo evoco, un torrente de fuego brota dentro de mí por su cuenta y se dirige hacia ti, quiere desembocar en ti e incendiarte para que los dos ardamos en los cerros lejanos, nos elevemos en el cielo nocturno espantando las tranquilas estrellas, derritiendo las nieves de los Andes; quiere meterse contigo en los bosques de la noche para despertar, asustar, dispersar águilas y cóndores. Sospecha los volcanes de tu cuerpo, quiere desafiados a erupciones violentas, ¡ah! La dulce lava, las ígneas caricias calcinando inocentes colinas, tiernas sementeras, los millones de insectos en bochinche frenético, chisporroteando, crepitando muerte.

Un torrente de fuego dentro de mí quiere incendiarte para que ardamos en incontables aventuras de fuego hasta convertirnos en agua mansa, en este río nuestro y nos durmamos fluyendo tiernamente."

José Manuel Briceño Guerrero (Jonuel Brigue).  El garrote y la máscara.  Pág. 31

viernes, 19 de octubre de 2012

Homo dictyous





"La expresión Homo economicus, de significado un tanto irónico, se empleó por primera vez hace por lo menos cien años para describir una teoría de la especie humana según la cual ésta actúa por interés propio y siempre en aras de obtener el mayor beneficio personal al menor costo posible. Pero ya antes, en 1836, el filósofo John Stuart Mill propugnó un modelo del "hombre económico», quien «inevitablemente hace aquello que le reporte la mayor cantidad de bienes, comodidades y lujos con la menor cantidad de trabajo y sacrificio físico posibles». Esta visión lleva implícita la visión de que los seres humanos son perezosos y codiciosos, pero también que son racionales, conscientes de lo que les conviene y con iniciativa propia.  En este modelo no hay espacio para el altruismo, y además deja completamente inexplorado el proceso mediante el cual las personas empiezan a desear algo en concreto.

Proponemos una alternativa. El Homo dictyous (del latín homo, «hombre» y del griego dictyous, «red») u «hombre en red» es una visión de la naturaleza humana que tiene en cuenta los orígenes del altruismo y del castigo, y también de los deseos y repulsiones.  Esta perspectiva nos permite dejar de lado el interés propio como motor de todo.  Dado que estamos conectados con los otros y que hemos evolucionado de manera que nos importan los demás, tenemos en cuenta su  bienestar al tomar decisiones sobre cómo actuar.  Además, al subrayar el hecho de que estamos integrados en una red, esta perspectiva, nos permite incluir de manera formal un elemento esencial en nuestra comprensión de los deseos de los individuos: los deseos de aquellos que los rodean. Y, como hemos visto, esto es válido para todo,  desde nuestros hábitos de salud o nuestros gustos musicales hasta nuestra decisión de votar o no.  Queremos lo mismo que quieren aquellos con quienes estamos conectados."

Nicholas Christakis y James Fowler.  Conectados.  Págs. 232-233

miércoles, 17 de octubre de 2012

A propósito de Bryce Echenique



Tamaños escritores


El escritor guatemalteco Augusto Monterroso es tan chiquito pero tan chiquito, que de él dicen sus amigos, en México, que no le cabe la menor duda.  La frase, creo, es del extraordinario escritor e historiador peruano José Durand, hoy en día profesor de la Universidad de Berkeley, pero que hace muchos años residió en México y entabló amistad con el tamaño pequeño y la estatura gigante de Augusto "Tito" Monterroso, pues en México vive exiliado desde hace muchos años el escritor más chiquito que mis ojos hayan podido ver.   Refiriéndose al tamaño de su amigo José Durand, e interrogado a menudo sobre estos asuntos de estatura y peso, responde Monterroso:
-          Pues a Durand me lo paso por alto.
Y así hay escritores de muy distintos pesos y estaturas pero, cuando son grandes escritores, todos tienen un sexto sentido que les permite reconocerse y quererse y hasta plagiarse, sin querer,  a larga distancia.
Conversaba una tarde con Augusto Monterroso, en la ciudad de México, donde me hallaba de visita, y le había estado contando durante largo rato la alegría que me había dado conocer, en París,  al gran escritor más alto que me ha tocado conocer: Julio Cortázar.  Y le seguía contando a Tito lo bueno y sencillo que era Julio, la forma increíble que tenía de no tomarse en serio, y cómo en cambio se tomaba muy en serio aquello de beberse cada mañana un pastis con el cartero que le traía centenares de cartas de lectores del mundo entero, que Cortázar respondía infaliblemente con una generosidad y sencillez que lindan en la verdadera y santa paciencia.  De pronto, Tito me puso una de esas caras pícaras e inteligentes y, en voz muy baja, me preguntó:
-          ¿Pero Cortázar existe, Alfredo?
-          Ya lo creo que existe Tito – le dije, extendiéndome en inútiles detalles de probación.
-          O sea que Cortázar sí existe…
-          Ya lo creo, Tito.
-          Caramba, con que existe… Porque lo único que he hecho yo en mi vida es plagiar a Julio Cortázar.
Un año después comía con Julio Cortázar en su departamento parisino y me contó que estaba haciendo maletas para partir a México.
-          Allá tienes que conocer a Agustito Monterroso – le dije.
-          ¿Monterroso? Pero, ¿Monterroso, existe?
-          Ya lo creo, Julio, y déjame que te busque su dirección en México, que la tengo ahí en mi saco.
Me disponía a traerle la dirección, cuando escuché que Julio exclamaba:
-          ¡Pero si lo único que he hecho yo en mi vida es plagiar a Monterroso!
Y pocas semanas después recibí de México una extraordinaria caricatura que celebra el encuentro de tamaños escritores.  Cuelga en la pared de mi despacho y, si no fuera porque estos recuerdos los estoy escribiendo en Texas, habría alzado la vista y me habría regodeado mirando, como a menudo suelo hacer, a un escritor que cada año crecía un centímetro, hasta su muerte, Julio Cortázar, y a un escritor que crece y crece pero sólo en el recuerdo de los amigos y lectores de Augusto Monterroso.

Alfredo Bryce Echenique.  Permiso para vivir.  Pág. 142