sábado, 15 de diciembre de 2012

Puertorrico





Te voy a contar el origen del nombre de la vaca. Cuando Amparo estudiaba en la universidad se enamoró de la posibilidad irse a vivir a Puerto Rico. Según ella (y buena parte de la clase media venezolana) este país había logrado el sueño de muchos latinoamericanos: pertenecer a los Estados Unidos. Para Amparo era el lugar ideal para vivir, puesto que tendría todas las ventajas de un país desarrollado pero sin dejar de hablar español y de bailar salsa.  Igual que España para mí.  Una especie de utopía tonta.  Llegó a tener un mapa de la isla pegado en su cuarto del hato y de allí salió el nombre de la vaca pues, según los hermanos de Amparo, la mancha blanca en el lomo era idéntica a la forma de la isla. 

Tendrías que haberla oído hablar de la hacienda, la propia Heidi o niña de la casita de la pradera. Puedo imaginarla corriendo por el pajonal con un vestido de florecitas y danzando al ritmo de las maracas de las serpientes de cascabel, o bañándose en los ríos sin pisar las rayas e ignorando la presencia de los caimanes en la boca del caño.  Parece que no hubiera vivido antes en esta vaina. Fue la ternera la que la descolocó y la llevó a mis brazos. 

Fue la ternera la que me descolocó y me llevó a tomar una decisión. Cuando regresamos del río nos enteramos de que habían sacrificado una res en nuestro honor, Amparo no les había avisado que soy vegetariana y me pusieron en una situación difícil, pues no quería desairarlos.  Salí a dar una vuelta y fue entonces cuando vi el cuero, habían cruzado dos varas y extendido la piel colgándola de las puntas, olía a sangre y estaba rodeado de moscas.  Me devolví horrorizada por otro sendero y me topé con las vísceras y la cabeza de la res, con los ojos fijos en mí, acusadores. Qué barbarie. No pude probar bocado y esa misma noche decidí que ése no sería el destino de Puertorrico.  Me quedaría con ella aunque no tuviera ningún lugar adonde llevarla.  Era mía y no podrían comérsela. 

El terreno por donde me metí en los Valles del Tuy y donde construí la casita. Bueno, sabes que nadie ha querido comprarlo, así que esa tarde se lo ofrecí para que se trajera la vaca y la tuviera más cerca de Caracas.  Podíamos ir a buscarla en la camioneta de la ferretería, que estaba metida en un estacionamiento sin hacer nada.  La loca me abrazó y yo aproveché para darle un piquito.  Me miró sorprendida pero no rechazó el segundo beso ni el boca a boca que libramos por algunos minutos.  Pero, tú sabes cómo son, en un descuido se soltó y anunció sofocada que lo nuestro no podía ser.  Le recordé nuestros tiempos de empate, le dije lo que sentía por ella (que era cierto, te lo juro), le di por el lado de la fidelidad que debe ser emocional y no de cuerpo y que total, con un océano de por medio y cinco horas de diferencia el galleguito no se iba a enterar.  Nada: la Toro es dura y se resistía a poner los cuernos.  La pendejada de siempre: que me quería mucho pero como amigo, y que era mejor que me mantuviera tranquilo.  Aún tenía tres semanas, así que decidí tomármelo con calma, seguro de que iba a caer.  No conoceré yo mi ganado.


Fue una explosión de vida, Toño, algo que no había sentido nunca, el paraíso recuperado, todas las mieles acumuladas durante años, todas las flores y promesas incumplidas.  Más allá de lo que haya hecho Milton me quedan su espalda, sus hombros, todo ese movimiento inicial con el que me impregnó desde la oreja, el lobulito, hasta lugares del cuello que no había presentido, sin hablar de los pezones o el modo como me levantó en beso y me llevó al catre, al baile, al ritmo, a esa maravilla que es su lengua (¿ya te hablé de su lengua?) reencontrando mi ombligo, mi pajonal, esa otra lengüita que es como una piedra lanzada en un pozo, un repique de grititos carajo (perdón).  Y ni hablar de, o escribir sobre.  Es que es indescriptible, a menos que seas Anäis Nin o la mujer de Lawrence o vaya a saber quién puede haber descrito esto mejor.  Qué importa.  Si sólo hay que sentirlo, hundirse, nadar en él junto con ese ser que da brazadas sobre ti, que te hace aguacero y también llama y también.

Tremendo polvo.



 Ricardo Azuaje.  Ella está próxima y viene con pie callado.  Págs. 34-35; 40-41


lunes, 10 de diciembre de 2012

Mo Yan, Cuentacuentos


"Una vez vino un cuentacuentos a nuestro mercado. Yo me escaqueé de los trabajos que me había asignado mi madre y fui allí en secreto a escuchar los cuentos. Mi madre me criticó por ello. Por la noche, cuando mi madre se disponía a confeccionar las chaquetas de invierno bajo la débil luz de la lámpara de aceite, no pude controlarme y recité los cuentos que había aprendido durante el día. Al principio, ella no tenía ganas de escuchar ni una palabra porque le parecía que ser cuentacuentos no era una profesión normal y que los cuentacuentos eran personas charlatanas y unos farsantes; además, los cuentos que contaban no versaban sobre cosas buenas. No obstante, poco a poco le fueron atrayendo los cuentos que le recitaba. Más adelante, cada vez que se celebraba la feria, mi madre no me asignaba ninguna tarea; me había dado un permiso implícito para ir a escuchar los cuentos. Para recompensar su gratitud y también para presumir de mi buena memoria, le recitaba con todo detalle todos los cuentos que había escuchado durante el día.

Al poco tiempo, no me satisfacía recitarle los cuentos de los cuentacuentos tal cual, así que me inventaba detalles durante mi relato. Con el propósito de que le gustaran a mi madre, creaba unos nuevos párrafos e incluso modificaba el final del cuento. La audiencia no se limitó solo a mi madre, sino que mi hermana, mis tías y mi abuela también formaron parte. Hubo veces en que después de escuchar el cuento, mi madre expresaba sus preocupaciones. Parecía que se estaba dirigiendo a mí pero también podría ser que estuviera hablando consigo misma: 'Hijo mío, ¿que vas a hacer en el futuro?, ¿quieres ganarte la vida contando cuentos?'."

Mo Yan. Discurso Nobel