sábado, 22 de junio de 2013

William Carlos Williams y la universidad



"¿Qué significa aprender sólo de los libros?. Nada en absoluto.  La universidad destroza todo lo que hay de original en los jóvenes.  Les llega en sus años de formación y si hay algo personal en ellos, enseñándoles a copiar, copiar y copiar, se lo echamos a perder.

Quizá sea cierto en algunos casos, la interrumpí, pero para mí lo que cuenta es la actitud que uno adopta al respecto.  Lo que yo quiero para mis chicos, si desean ir, es que les sea útil.  Si van allí sin venerar los conocimientos de sus profesores, sino tomándolos como un medio para algo que necesitan, no creo que les haga daño.

Quizá tenga razón, añadió, es la actitud -si una la puede tomar debidamente- lo que cuenta.  Pero yolo tragué todo de los libros.  Al final me dejó fría.  Aquellos hombres no saben absolutamente nada.  Es la vida, lo que vemos y decidimos por nosotros mismos, lo que cuenta."

William Carlos Williams.  Mente y cuerpo, del libro Historias de Médicos. Pág. 26

domingo, 9 de junio de 2013

Espantapájaros


8


"Yo no tengo una personalidad; yo soy un cocktail, un conglomerado, una manifestación de personalidades.
En mí, la personalidad es una especie de furunculosis anímica en estado crónico de erupción; no pasa media hora sin que me nazca una nueva personalidad.
Desde que estoy conmigo mismo, es tal la aglomeración de las que me rodean, que mi casa parece el consultorio de una quiromántica de moda. Hay personalidades en todas partes: en el vestíbulo, en el corredor, en la cocina, hasta en el W.C…
¡Imposible lograr un momento de tregua, de descanso! ¡Imposible saber cuál es la verdadera!
Aunque me veo forzado a convivir en la promiscuidad más absoluta con todas ellas, no me convenzo de que me pertenezcan.
¿Qué clase de contacto pueden tener conmigo —me pregunto— todas estas personalidades inconfesables, que harían ruborizar a un carnicero? ¿Habré de permitir que se me identifique, por ejemplo, con este pederasta marchito que no tuvo ni el coraje de realizarse, o con este cretinoide cuya sonrisa es capaz de congelar una locomotora?
El hecho de que se hospeden en mi cuerpo es suficiente, sin embargo, para enfermarse de indignación. Ya que no puedo ignorar su existencia, quisiera obligarlas a que se oculten en los repliegues más profundos de mi cerebro. Pero son de una petulancia… de un egoísmo… de una falta de tacto…
Hasta las personalidades más insignificantes se dan unos aires de transatlántico. Todas, sin ninguna clase de excepción, se consideran con derecho a manifestar un desprecio olímpico por las otras, y naturalmente, hay peleas, conflictos de toda especie, discusiones que no terminan nunca. En vez de contemporizar, ya que tienen que vivir juntas, ¡pues no señor!, cada una pretende imponer su voluntad, sin tomar en cuenta las opiniones y los gustos de las demás. Si alguna tiene una ocurrencia, que me hace reír a carcajadas, en el acto sale cualquier otra, proponiéndome un paseíto al cementerio. Ni bien aquélla desea que me acueste con todas las mujeres de la ciudad, ésta se empeña en demostrarme las ventajas de la abstinencia, y mientras una abusa de la noche y no me deja dormir hasta la madrugada, la otra me despierta con el amanecer y exige que me levante junto con las gallinas.
Mi vida resulta así una preñez de posibilidades que no se realizan nunca, una explosión de fuerzas encontradas que se entrechocan y se destruyen mutuamente. El hecho de tomar la menor determinación me cuesta un tal cúmulo de dificultades, antes de cometer el acto más insignificante necesito poner tantas personalidades de acuerdo, que prefiero renunciar a cualquier cosa y esperar que se extenúen discutiendo lo que han de hacer con mi persona, para tener, al menos, la satisfacción de mandarlas a todas juntas a la mierda."


Oliverio Girondo.  Espantapájaros.  Págs. 8-10